Víctor 🏁

Bienvenidos a otra genial aventura de nuestra sección, en busca de grandes viajeros, hoy os traemos a un súper motero al que le apasiona viajar, no sólo ha viajado en solitario, sino que ha vivido estupendas aventuras en familia.

Bueno, mi nombre es Víctor, aunque en las redes sociales siempre he sido Maernus. Trabajo como comercial en el mundo de las comunicaciones desde hace unos 10 o 12 años y desde que recuerdo, siempre he viajado bastante…

 

  • ¿Dónde creciste?

Toda mi familia somos de La Mancha, de la zona de Tarancón en Cuenca. Mi familia materna es de un pueblo llamado Tresjuncos, conocido por ser el lugar donde ocurrió el Crimen de Cuenca, una truculenta historia ocurrida a principios del siglo XX. Pilar Miró hizo una película en los años 70 sobre el asunto. Muy cerca de Tresjuncos está el Monasterio de Uclés, de la Orden de Santiago; Belmonte, un pueblo construido alrededor del castillo y en el que todavía se celebran torneos y representaciones medievales; y un poquito más lejos, la capital de provincia: Cuenca, ciudad Patrimonio de la Humanidad y lugar donde nací. Es una ciudad pequeña, y hasta no hace mucho, algo olvidada… Pero tiene uno de los barrios antiguos más bonitos y peculiares de España.

Cuando se fundó, Cuenca era una plaza fuerte enclavada entre los ríos Huécar y Júcar, en un risco con paredes muy escarpadas que servían de murallas naturales. Como no había demasiado espacio dentro de la ciudad para edificar, se empezó a construir a lo “alto”, haciendo que las casas se agruparan a los bordes del risco con muchos niveles muy pequeños, mitad excavados en roca, y mitad en forma de balcones “colgando” sobre los cortados. De hecho, el símbolo de la ciudad, las Casas Colgadas o Casas del Rey (nunca “Casas Colgantes”) son las más famosas con esa construcción tan especial, pero hay muchas más, menos espectaculares, pero construidas de la misma forma.

La verdad es que estoy muy orgulloso de ser manchego: es una tierra con encanto, dura pero generosa, y sobre todo, un sitio donde comer bien. Tenemos pisto, los mejores quesos de España (y del mundo) y buen vino. Nadie que venga a La Mancha se puede volver con hambre.

 

  • Normalmente ¿Cuál es tu manera de viajar?

He viajado sobre todo en moto. Soy un motero acérrimo desde que recuerdo, y cada vez que puedo juntar tres o cuatro días libres, intento escaparme a alguna montaña, o carretera de curvas, a los Pirineos o al norte… Es lo que tiene de malo vivir en la meseta, que hay pocas carreteras de curvas y al final acabas por saberte casi todas, aunque muchos sitios interesantes y por descubrir.

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Bajada Stelvio norte

Pero no son los únicos viajes que hago: desde el año pasado que mi madre se jubiló, he viajado con ella y con mis hermanos más a menudo, aprovechando que ella tiene más tiempo libre y que mi hermana ya es más mayor. Este mismo año, fuimos todos a celebrar su cumpleaños en mayo a Londres, con otro de mis hermanos, que vive en Inglaterra. (Somos 4 hermanos, yo soy el mayor) Y para el año que viene, ya nos estamos planteando ir toda la familia a México o al Caribe.

Cuando viajo con la moto, no planeo casi nada, voy a la aventura: miro en Google Maps las carreteras más retorcidas y los puertos de montaña cercanos al sitio al que más o menos me dirijo y allá que voy. Eso me ha hecho conocer sitios muy interesantes, pero también meterme en algunos berenjenales. Con el alojamiento me pasa más o menos lo mismo: salgo de ruta, y cuando me canso o veo que se está haciendo de noche, busco un hotel, un hostal o un albergue. Suelo parar en el pueblo más cercano, mirar los alojamientos e ir al que mejor pinta tiene. No suelo mirar en ninguna web ni reservar previamente, aunque en mi último viaje he empezado a hacerlo con resultados curiosos.
Cuando viajo con mi familia, si solemos reservar: mi madre prefiere llevarlo todo cerrado de antemano. Le quita un poco de emoción al asunto, pero se puede organizar todo mejor.

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Viaje a los Alpes con la Bandit

 

 

  • ¿Recuerdas a dónde fue tu primer viaje solo?

Sin contar las excursiones del colegio, granja-escuelas y semanas blancas… Recuerdo que uno de los primeros viajes que hice solo fue al norte, al País Vasco y la cornisa cantábrica al poco tiempo de comprarme mi primera moto grande, una Suzuki Bandit. Recuerdo que no tenía ni siquiera toda la equipación motera y que llevaba una tienda de campaña recién comprada, la ropa metida en una mochila y poco más. La primera noche que pasé en un camping en San Millán de la Cogolla, apenas pude dormir del frío que tenía, y eso que era finales de mayo. Al día siguiente, compré un saco de dormir en la primera tienda de deportes que vi.

De ese viaje recuerdo también las carreteras y los paisajes de Asturias y Cantabria. Me encantaron Ribadesella y Cangas de Onís (Se que hace poco has escrito sobre Cangas) y como aspecto más motero, la carreteras que salen desde la costa hacia lo Picos de Europa. Una que me encantó fue la que va desde Cangas hacia Riaño, siguendo un valle entre montañas, cada vez más estrecho y finalmente sube hasta el Puerto del Pontón, pasado un pueblecito que se llama Oseja de Sajambre. Me acuerdo del nombre porque me resultó curioso. También crucé el desfiladero de La Hermida y el puerto de San Glorio. En otro de los viajes que hice, bajando ese puerto de montaña hacia Potes, un colega y yo nos encontramos un rebaño de vacas en medio de la carretera y da igual cuánto pitasemos o nos acercáramos con las motos: no se movían. Y todo esto entre niebla cerrada… Para cagarse.

 

  • ¿A qué lugares has viajado en familia?

Con mi familia sobre todo recuerdo los viajes al pueblo. Hasta los 12 años yo vivía en el pueblo de mis abuelos, en Cuenca, así que no había viajado apenas nada. Mi madre me contó que cuando tenía 2 años viajamos a Palma de Mallorca en barco, pero de eso no recuerdo nada. Para mi, mis primeros viajes en familia fueron los que hacía después de mudarnos a Madrid: yo tendría unos 12 o 13 años y casi cada fin de semana nos volvíamos al pueblo. No eran muchos kilómetros, apenas 150, pero no habían construido las autovías de ahora y recuerdo los viajes como una pequeña aventura, parando cada poco tiempo y pasando por el centro de los pueblos. Además, al llegar, normalmente mi abuela me tenía algún dulce preparado, y eso me encantaba. Y luego los domingos, volvíamos por la tarde noche, y lo que más recuerdo es la radio sonando mientras iba medio dormido.
Después de eso, en mi familia tuvimos una mala racha y no volvimos a viajar por diversión durante bastante tiempo. Cuando nació mi hermana pequeña yo viajaba más por mi cuenta, porque estuve recorriendo el país por trabajo durante casi 2 años.

 

  • ¿Cúal fue el primer viaje que hicisteís todos juntos?
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Londres

Yo diría que el primer y el viaje más grande que he hecho con mi familia a sido a Londres, a celebrar el cumpleaños de Mayse, mi hermana. La idea inicial era irnos a México, porque aunque a mi la playa con me convence demasiado, a mi madre y a mi hermana les encanta, y además nos recomendaron Punta Cana porque también tiene excursiones culturales muy interesantes, a mi me hubiese encantado. El caso es que nos sacamos los pasaportes para todos, reservamos en la agencia y ya estábamos casi haciendo las maletas para irnos, cuando nos dicen que por un trámite burocrático con el pasaporte de mi hermana no podemos ir. Nuestro gozo en un pozo. Pero no nos resignamos a quedarnos sin vacaciones, así que en una tarde, nos buscamos vuelo y hotel y organizamos una escapada de cuatro días a Londres. Se unió también mi hermano Fran, que vive en Inglaterra desde hace un año y pasamos los cuatro días haciendo el “guiri” por Londres.
De Londres me gustaron muchas cosas, pero destacaría sobre todo el Museo Británico, Greenwich, y el London Eye. En el Museo Británico me quedé embelesado con una exposición de relojes antiguos, desde los primeros relojes rudimentarios de la Edad Media, hasta obras maestras de ingeniería y orfebrería, relojes de bolsillo que caben en un puño pero dan la hora, tienen varias alarmas, calendario, esferas celestes. Todos construidos sin electrónica, sólo con elementos mecánicos, muelles, engranajes, pasadores y mucho ingenio. Además, en el Museo Británico se encuentran grandes piezas arqueológicas como la Piedra Rosseta, la estela del rey Asurbanipal y multitud de arte egipcio. Y todo esto gratis. Yo podría haberme pasado los cuatro días del viaje explorando todo en el museo y no me habría cansado.

Rosseta
Piedra Rosseta

Greenwich es un barrio de Londres en la orilla sur del Támesis. Es famoso por el observatorio del mismo nombre, y por el que pasa el meridiano 0°. El observatorio está en una colina, en un parque público enorme y tiene en la puerta un muestrario de las medidas “estándar” del sistema imperial: pulgada, pie, yarda… Pero lo que más me sorprendió de Greenwich al llegar fue barco que está en junto al río: el Cutty Shark. Convertido en un museo y enclavado en dique seco, el clipper (el tipo de barco que es) recorrió todo el mundo comerciandoy fue famoso por su velocidad y por ser uno de los últimos veleros mercantes, tanto que la marca de licores lo utilizó para dar nombre a su whisky. Es una pena que el museo estuviese cerrado cuando llegamos, porque me hubiese encantado entrar a verlo por dentro.

Cutty Shark
Cutty Shark

Y el London Eye es posiblemente la noria más famosa del mundo. Tarda más o menos 20 minutos en dar una vuelta, y a diferencia de los museos, que son la mayoría grátis, es bastante caro subir. Nosotros cogimos un billete combinado para la noria y un paseo en barco por el río Támesis, y fueron casi 45€ cada uno. Aunque he de reconocer la noria impresiona por las vistas, pero a mi me gustó más el paseo por el río.

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HMS Belfast

En el barco el guía nos explicó un montón de historias y anécdotas sobre los edificios, los puentes y los monumentos que hay a las orillas del río con mucho humor y de forma muy amena. En el Támesis, una de las cosas que más llaman la atención es el HMS Belfast, un crucero de la Segunda Guerra Mundial conservado como buque museo. El guía explicó que aunque el barco ya no está preparado para navegar, las baterías de artillería si están operativas y se utilizan en salvas de honor, y que se encuentran apuntando hacia el Parlamento “por si acaso”.
Y por supuesto, junto al Eye y al río, se encuentra el símbolo de Londres: la Torre Elizabeth, más conocida como el Big Ben (aunque en realidad el Big Ben no es la torre, es la campana que hay en el reloj) y las Casas del Parlamento.

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Torre Elizabeth ( Big Ben )

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  • ¿Sabes ya cuál será tu próximo destino?

¡Por supuesto!

Con mi familia, se nos quedó pendiente poder viajar a algún sitio del Caribe. Yo no soy nada playero, pero a mi hermana y a mi madre les encanta la playa y por eso creo que lo ideal sería México: ellas a disfrutar del sol y playa, y yo seguramente me apuntaré a todas las excursiones. Cuando estuvimos planeando ir este año, en la agencia de viajes me pusieron los dientes largos con la visita a Chichén Itza y con lo de bucear en los cenotes. Y como gran viaje para un futuro más lejano, el lejano oriente, sobre todo China o Japón. La verdad es que siendo un poco (o mucho) friki no puede dejar de imaginarme un viaje a Japón…
Y para mi siguiente viaje yo solo… Pues diría que tengo que volver a los Alpes otra vez, a recorrerlos en moto aún con más tiempo y si consigo convencer a algún compañero motero, con compañía. Pese a que hace nada he vuelto de estar 12 días en Francia, Italia y Suiza, se me quedaron sitios a los que ir, y cosas que ver y hacer en el tintero. Y cuando me canse de los Alpes, que no creo que pueda… Pues uno de los grandes hitos moteros es hacer la ruta a Nordkapp: el punto más septentrional de Europa, más allá del círculo polar ártico. O una vuelta al mundo en moto, como en Los viajes de Júpiter.

 

  • ¿Tienes alguna anécdota viajera que nos puedas contar?

Si, algunas tengo. Sin contar el bloqueo de las vacas en el puerto de San Glorio, o el pasar la primera noche de un viaje aterido de frío por no saber prever el equipamiento que iba a necesitar, en mi último viaje he tenido un par de anécdotas curiosas:
La primera fue a la hora de sacar unas fotos en Italia. En el grupo de motos con el que viajaba eramos 10: yo, un belga, un israelí, otro español, un par de ingleses, y el resto italianos – parece un chiste… En una de las paradas que hicimos decidimos sacarnos una foto “oficial” del grupo para colgarla en Facebook. Preparamos cámaras, móviles y demás aparatos para hacer fotos y buscamos a un lugareño que nos hiciese la foto. Aunque el idioma oficioso del grupo era el inglés, en el momento de sacar la foto en lugar del “cheeeese!!” que dicen los ingleses, me dejé llevar y dije lo que siempre se dice aquí al sacar fotos: ¡PA-TA-TAAAAAA!
El señor que tenía las cámaras pone una cara rara y todos los italianos del grupo se empiezan a partir de risa. Otra foto con otra cámara y yo otra vez: ¡PATATAAA!. Los italianos a carcajadas. Así unas cuantas veces. Cojemos las cámaras, le damos las gracias al señor, que tenía cara entre enfado y sorpresa y nos vamos. Durante el resto del viaje, cada vez que alguien hacía una foto, todos los del grupo de italianos decían lo de “patata”. Hasta cambiaron el icono del grupo de Whatsapp que teníamos por una foto de una patata.
No fue hasta el último día del viaje, en la cena de despedida, cuando me dijeron que “patata” en italiano, además del tubérculo, al que llaman normalmente en plural, es una palabra malsonante… Digamos que una forma vulgar de llamar a las mujeres. Así que ya sabéis: en Italia, al haceros fotos, no digáis “patata”. Mejor tomates o pimientos.
La otra es más una curiosidad que una anécdota en sí: en Domodossola, otra vez en Italia, me estaba lloviendo y no había encontrado hotel por mi método tradicional. O estaban todos llenos o eran muy caros, así que decidí mirar en una de esas webs de hoteles que juntan todos en un sitio. Encontré uno que me llamó la atención porque era muy barato, tenía unas buenas instalaciones y estaba en un sitio estupendo y con muy buenas valoraciones, además. Como estaba lloviendo y yo estaba bastante hecho polvo, reservé desde el móvil y tiré para el hotel. Estaba tan cansado que nada más registrarme, cogí el equipaje de la moto, me fui a la habitación y no me preocupé de la cena, me dormí casi en el acto. Ni me fijé en la decoración del hotel.
Fue a la mañana siguiente cuando me di cuenta de que no era un hostal o un albergue como otros: era una casa comunal muy grande, con un jardín enorme, lleno de árboles y plantas,un huerto… Porque resulta que era un Centro Holístico y de Espiritualidad, Meditación y Yoga. Todo muy espiritual y místico, mientras que yo soy muy, muy terrenal en esos temas. Me sentía fuera de lugar, porque entre tanta gente buscando paz y equilibrio llegué yo con menos espiritualidad que un canto rodado, con la moto, el traje de motero, los guantes y el casco a lo Easy Rider. He de decir que pasé una noche maravillosa y que la señora Isabella, la gerente de la casa, me perdonó todo el cacharreo que monté y me preparó un desayuno vegano que estaba de rechupete.

 

  • Recomiendanos un destino para viajar en familia

Pues la verdad es que no sabría recomendar un solo sitio; creo que lo importante de un viaje así no es tanto el destino si no disfrutar de las personas con las que viajas. Pero si tuviese que llevar a mi familia a un destino en el que disfrutaramos todos… apostaría por la costa gallega, las Rias Baixas o algún destino en el Cantábrico. Tendría clima suave, playa para poder bañarnos, montaña para hacer excursiones o ir en moto, y un sitios culturales y pintorescos.
Tambíen es algo que me gustaría hacer es recorrer en familia con una autocaravana el mísmo viaje que he hecho este año a los Alpes. Es algo parecido, pero a lo grande.

 

  • ¿Cuál ha sido tu gran viaje?

Pues si tengo que destacar un viaje que he hecho y me ha dejado huella, ha sido el que he hecho este mismo mes de julio a los Alpes con mi moto grande, una KTM 1190 Adventure.

KTM 1190 Adventure
KTM 1190 Adventure

Ha sido un viaje de 12 días, más de 6100 kilómetros y en el que he pasado por 4 países, decenas de puertos de montaña y en el que he disfrutado como un enano. Es un viaje que llevaba planeando más de seis años, desde que fui con la otra moto en un viaje relámpago. Me prometí que algún día tenía que volver con más tiempo, mejor planeado y con una ruta de sitios que tenía que visitar. Y además KTM organizó el primer Rally Adventure europeo en Bardonecchia, Italia.

Rally KTM Bardonecchia
Rally Adventure KTM

Así que tenía que ser en ese momento. Durante meses preparé la ruta, puse a punto la moto, me inscribí en el Rally, y por fin el día 2 de julio salí desde casa hacia Italia. Contar todo el viaje aquí sería demasiado, porque podría escribir horas y horas, y todavía podría seguir teniendo mil cosas que decir… Pero intentaré resumir:

El primer día de viaje la idea era acercarme lo más posible a la frontera francesa, así que fue simplemente ir por la autovía A-2 dirección Barcelona. Pasado Zaragoza, decidí seguir por la N-II por Los Monegros, en lugar de la autopista de peaje. Ya tendría peajes más que de sobra en Francia e Italia. Ese día paré a comer en Cervera, en Lleida. Es el pueblo natal de Marc Márquez, y justo ese día era al GP de Alemania, así que vi la carrera en el pueblo del campeón. Seguí por la autovía hasta pasado Girona, que vuelve a hacerse de peaje. Ya se estaba haciendo tarde, así que busqué sitio donde pasar la primera noche. Paré en Roses, un pueblo costero de la Costa Brava, y que ya conocía de otro viaje que hice por los Pirineos. Pasé la noche en el hotel Marina, que está en primera línea de playa y estuve paseando por el paseo marítimo y bañandome en la playa. No todo iba a ser montaña, ¿no?


El segundo día salí temprano, siguiendo por la carretera de la costa hacia Cadaqués, Portbou y la frontera francesa, porque la carretera es bastante entretenida. Aunque tuve mala suerte porque estaba a tope de tráfico. Pasado Perpignan me incorporé a la autopista de peaje, porque si no el viaje se me iba a hacer eterno. Es algo que aquí no es normal, pero prácticamente todas las autopistas en Europa son de peaje. Ese día hacía bastante calor y mientras me mantuviera en movimiento, se podía aguantar. Tengo que aclarar que aunque mi moto es una maravilla para viajar, tiene una pega: el motor desprende una barbaridad de calor a las piernas. Eso hace que ir despacio o por ciudad en verano sea bastante incómodo y muy agotador. Además tuve un problema con el GPS y acabé en medio de un pueblo que se llama Manosque, acalorado y un poco perdido. Paré en un centro comercial a la sombra a consultar el mapa, refrescarme y orientarme. Arreglado el jaleo, seguí por la carretera dirección Valensole que cruzaba campos de trigo y lavanda en flor, y un poco más adelante, por las Gargantas del Verdon. Paré la segunda noche en Castellane, un pueblo al que llegué siguiendo otro grupo de moteros. La noche la pasé en la hostería La Forge, en la que cené de lujo.

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Castellane

El tercer día ya en entré en los Alpes franceses. Salí de Castellane dirección Niza para entrar en el Parque Nacional del Mercantour, donde ya hay pasos de montaña importantes. Coroné la primera cima alpina en el Col de la Bonette. Este puerto de montaña tiene una cosa curiosa: aunque en sí el puerto no es el más alto de los Alpes, tiene un lazo de carretera de un par de kilómetros que sube hasta la Cima de La Bonette, y gracias a eso se declara como “la carretera asfaltada más alta de los Alpes”. Se puede subir hasta la cima de La Bonette a pie, por un sendero de cabras y allí hay un pequeño mirador y un sitio de foto obligatoria.

Bajando el puerto por el norte hacia Jausiers y Barcelonette, la idea era seguir hacia el norte hasta Briançon para estar al día siguiente muy cerca de Bardonecchia, pero después de comer me desvié de la ruta que tenía pensada y acabé en Cuneo, otra vez en Italia. Allí tuve un pequeño chasco con el hotel, pero eso me pasa por la forma de elegir hotel que tengo, que no siempre es la mejor. Me dejé llevar por las apariencias, y pese a que pintaba bien, el hotel me pareció bastante mediocre.
El siguiente día fue solamente ir desde Cuneo a Bardonecchia, el pueblo donde se celebraba el KTM Adventure Rally. Sin carreteras interesantes que recorrer, quería aprovechar que tenía el apartamento reservado en Bardonecchia para instalarme, reorganizar el equipaje (que me di cuenta pronto de que llevaba demasiado) y descansar. La distancia no era mucha, unos 180 kilometros, así que tiré por las autopistas de peaje. Llegue temprano, pero a costa de dejarme unos 30€ en peajes (La gasolina y los peajes en Italia son especialmente caros. Incluso más que en Francia). Ese mismo día por la tarde, los organizadores de KTM nos dieron el breafing explicativo de cómo iban a transcurrir los 3 días siguientes, revisaron las motos para que estuvieran al 100% y nos entregaron el pack de bienvenida con los dorsales. Yo era el #106 y la verdad es que me dió un gustazo colocarlo en la moto. Nos recomendaron acostarnos temprano y descansar. El día siguiente empezaba lo bueno.
El quinto día del viaje empezó el KTM Adventure Rally 2017. A las 8 de la mañana, los 150 pilotos inscritos saliamos con los guías de KTM a hacer las rutas elegidas por cada uno: a saber, 100% por carreteras asfaltadas, mitad asfalto, mitad campo, o 100% off road. En mi caso, 100% carretera, ya que como venía desde España con la moto, los neumáticos eran de asfalto y porque no tengo ni idea de hacer off road. El guía de mi grupo era un chaval belga llamado Rik, que montaba como una bestia, rodando rápido pero seguro. El primer día la ruta pasaba por puertos históricos del Tour de Francia como el Col de Galibier, el Col de Telegraphe o Alpe d’Huez. Aunque estos puertos son más famosos, uno de los tramos que más me gustó de ese día fue la subida a Villargordan por una carretera secundaria en zig-zag, siguiendo a Rik con un ritmo endiablado.Espectacular. Ese día paramos en el Col de la Croix de Fer a comer, con una cascada al fondo y volvimos por Alpe d’Huez hacia Briançon y Bardonecchia.

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Col de la Crónica de Fer

En total, recorrimos unos 320 kilómetros de carreteras de montaña, que se me hicieron cortos por disfrutar, pero llegué a la cena reventado. Y eso solo el primer día.
El día siguiente, otra vez a las 8, salimos de ruta. Esta vez salimos hacia el norte, hacia Mont-Cenis.

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Lac de Mont-Cenis

Se nos habían unido un par de pilotos más al grupo, un par de ingleses que el primer día hicieron off road pero por caídas se lesionaron y decidieron tomárselo con más calma yendo por carretera en lugar de por campo. Después de hacer el Col de Mont-Cenis y parar en el lago a hacernos la foto oficial (Ahí fue la historia de la “patata”) seguimos dirección norte hacia el Col de l’Iseran. Este si que es el más alto de los Alpes, sin trucos como La Bonette. Tan alto está que en julio todavía había nieve como para que hubiese chavales esquiando.

Paramos a comer en un restaurante en el propio paso de montaña y después de bajar y perdernos un poco (Rik era muy buen piloto, pero no el mejor de los navegantes) subimos el Col de la Madeleine. Bajando ese puerto tuve un susto que me dejó un poco preocupado: en una serie de horquillas muy seguidas, perdí el freno trasero. De repente, el pedal se hundió y no frenaba nada. Aunque luego se recuperó en parte, la subida por las “Lacets de Montvernier” las hice con mucho tiento. En ese tramo, la carretera es casi una escalera de caracol, es impresionante. Después de eso, llegamos al campamento base cruzando el tunel de Frejus. 13 kilómetros de túnel y 28€ de peaje, ahí es nada. Afortunadamente, los mecánicos de KTM pudieron revisarme el freno trasero y me cambiaron el líquido de frenos, que había hervido por el calor y el uso continuado.

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Val d’Iseran

El último día del Rally fue el más relajado: hicimos una ruta hacia el sur, por carreteras más abiertas y menos retorcidas. Además, la ruta era la más corta, así que nos lo tomamos con calma y paramos cada poco. Fuimos hacia el sur siguiendo el rio Durance, y después del Lago de Serre, hacia Jausiers y Barcelonette otra vez. Después de comer, tomamos la ruta que yo había fallado unos días antes hacia el Col de Vars y el de Izoard. En el Izoard, la organización de KTM tenía preparado un equipo de grabación para hacer el video oficial del Rally, asi que tuvimos sesión de fotos y de grabación. En unos días nos mandarán un enlace para ver el resultado final. Después de la grabación, seguimos hacia Briançon, donde en apenas 10 minutos nos llovió lo suficiente para empaparnos hasta los huesos. Una vez en Bardonecchia, me cambié y me sequé para la cena de fin de fiesta. Habian sido 3 días emocionantes y únicos, y me lo había pasado como nunca.

El Rally de KTM acabó, pero no con ello el viaje. Era el octavo día de viaje, y volvía a estar a mi bola. Volví a ir hacia el norte, repitiendo la ruta hacia el Col de l’Iseran, pero esta vez continuaría por Italia subiendo el Col de Petit Saint Bernard, uno de los puertos de montaña que hicieron famosos a los perros de la raza San Bernardo.

Mi intención era seguir hacia Aosta y entrar en Suiza, pero un inoportuno chaparrón me obligó a parar antes de lo que pretendía y a hacer noche en un pueblo llamado Gignod. Fue un día de moto corto, pero me ayudó a recuperar fuerzas para uno de los platos fuertes del día siguiente, la Ruta del Nueve.

Al día siguiente tendría que recuperar lo que no había avanzado el anterior. Además, fue uno de los grandes días de montaña. Entré en Suiza por el Col de Grand Saint Bernard, donde todavía está el hospicio en el que los monjes utilizaron por primera vez a los perros san bernardos para el auxilio de los viajeros por la montaña.

Ya en Suiza bajéhasta Martigny y desde allí, hacia el norte dirección Brig. Apuntar que en Suiza no se puede circular por autovías ni autopistas si no tienes la “viñeta”, una permiso anual que se pega en el coche o moto, y que además las multas son desproporcionadas, así que avancé con precaución. Además, Suiza tampoco está en la Unión Europea, así que no hay acuerdo de roaming (ojo con los móviles y sobre todo con los datos si lo llevas de GPS) ni usan el euro como moneda oficial, aunque en la práctica no tuve problema para pagar en euros. Bueno, que en el cambio siempre salen ganando los suizos.
Avanzando hacia el norte en Suiza se nota que en realidad es una confederación de cantones independientes: mientras que en la zona de Martigny me resultó muy parecida a Italia, al norte de Brig es más “germánica”, y predominan los carteles en alemán y las casas de campo típicas de madera oscura.

Siguiendola Furkastrasse, llego por fin a Ulrichen, y me desvío para hacer el primero de los puertos de la Ruta del Nueve: el Nufenenpass o Passo de la Novenna. La carretera es estrecha y retorcida, y trepa por la ladera del Pico Gallina. Ya cerca de la cima, me impresionaron los 4 generadores eólicos que hay al otro lado del valle, que parecían gigantescos en la montaña. Coronado el Neufenen, hago la foto de rigor al cartel y bajo por el otro lado hacia Airolo.

Neufenenpass
Nufenenpass

En Airolo hay 3 posibilidades para cruzar el San Gotardo: la autovía, que cruza por un tunel toda el macizo montañoso hasta Wassen, una carretera convencional, o la más interesante, la Via Tremola. La Vía Tremola es la carretera original, construida de adoquines, por la que se cruzaba el Paso San Gotardo en la antigüedad (la ruta se utiliza desde tiempo del Imperio Romano). La cara sur sube haciendo un serpertín de curvas de 180º y es todo un espectáculo de recorrer. Aún hoy, hay un servicio de “diligencias” establecido en el siglo XIX, que recorre la ruta en carruaje tirado por caballos. Me dio un poco de pena no demorarme más en este puerto, porque lo merece, pero el cielo estaba completamente encapotado y no quería que me pillase la lluvia.

Hice la foto del cartel y empecé la bajada aunque que había un puesto de bratwurst y tenía hambre. Debería haberme quedado a comer, porque nada más salir empezó a diluviar y tuve que parar a esperar en un parada de autobús a que escampase un poco, porque los adoquines mojados resbalaban muchísimo.
Pasada un poco la lluvia, seguí hacia Hospental y Andermatt. En Andermatt quería parar a visitar el Teufelsbrücke, el Puente del Diablo, pero no pude porque el acceso estaba cerrado por reformas en la carretera. Me tuve que conformar con recorrer la garganta del Reuss, y seguir dirección Wassen. Si este cañón ya es impresionante al verlo ahora, con la carretera moderna, no me imagino cómo debía ser en el siglo XVI, cuando se construyó el primer puente. (Ese puente se hundió en 1880, ahora hay otro construido en 1830 y uno nuevo de 1958). Normal que la leyenda dijera que fue construido por lo mismo diablo.
En Wassen paré a comer y a secarme, porque había seguido lloviendo hasta Andermatt. Comido y seco, comencé a subir el Sustenpass.

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Sustenpass

Este es el más largo y el más abierto de los puertos de la Ruta del Nueve, así que fui bastante alegre. El tiempo había mejorado y hacía sol, así que fue una subida muy agradable. Una vez coroné e hice la foto, empecé a bajar hacia Interlaken y los dos últimos pasos, los que más ilusión me hacían: Grimsel y Furka.

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Grimselpass

La subida del Grimselpass es también bastante larga, aunque la parte final es también muy retorcida. Subes bordeando los lagos y en los muros de las presas hay unos graffitis enormes (aunque estaban un poco desvaidos por el tiempo). En la cima, foto al cartel y a la escultura motera.

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Escultura de Grimsel

Y por fin, el tramo que más ganas tenía de la ruta: la bajada del Grimselpass hacia el río Ródano y la subida por el otro lado del valle por el Furkapass.

Furkapass
Furkapass

El Furka es famoso porque en él se rodó una de las persecuciones en coche más famosas de Goldfinger, del James Bond de Sean Connery, y porque en la ladera de la montaña está el glaciar del Rhone (o Ródano). Hace años, el glaciar llegaba hasta casi la carretera, al lado del Hotel Belvedere, y se podía entrar en él por un túnel de hielo. Cuando yo pasé, apenas quedaba hielo y el camino de la gruta de hielo estaba al aire libre. En el hotel hay fotos de principios de siglo XX en el que el glaciar llega hasta casi el paso Grimsel en verano. Es una pena porque son evidentes los efectos del cambio climático. Pude ver la vía del tren cremallera que cruza hacia Hospental, y por el que se comunican ambos valles cuando el paso por carretera está cerrado en invierno, aunque el paso del tren a vapor sólo es en días especiales.
Completada la Ruta del Nueve, volví hacia Brig para regresar a Italia; no me apetecía hacer noche en Suiza y depender sólo de los mapas en papel para seguir navegando. En Brig se puede cruzar a Italia mediante el túnel ferroviario del Simplon o subiendo el puerto de montaña. Subí el puerto pensando que iba a ser algo más interesante, pero me lo encontré bastante aburrido y sin gracia. Ya en Italia, paré a hacer noche en Domodossola, en un centro de meditación. Dormí como un tronco, aunque más por cansancio que por meditación.
El día siguiente el plan era cruzar la provincia de lagos de Varese y Como para llegar lo más cerca posible a Bormio y el Passo Stelvio. La verdad es que fue un día pesado, porque aunque las vistas y los lagos invitaban a tomarselo con calma, el tráfico fue infernal y el calor agobiaba bastante. Además, tenía planeado parar en Mandello del Lario, la localidad dónde está la fábrica de Moto Guzzi y visitar el museo de la marca centenaria, pero el 12 de julio cierran, así que fue más un día de tránsito que otra cosa. Finalmente llegué a Bormio, a los pies del Stelvio y dediqué la tarde a pasear por el pueblo y a cenar como un marqués.
Y por fin llegó el gran día: el Paso Stelvio. Cuando estuve hace 6 años en los Alpes con la Bandit, todavía estaba cerrado por nieve y se me quedó como una espinita clavada: algún día tendría que subirlo. Era lo más parecido a terminar una peregrinación para mi, algo así como terminar el camino de Santiago y llegar a la Plaza del Obradoiro, pero en motero. La subida sur desde Bormio es más suave, pero aún así tiene 36 tornantis, horquillas de 180 grados con bastante desnivel. Pese a que salí temprano, me sorprendió que hubiese tanto “tráfico” por la carretera: sobre todo ciclistas y gente con patines subiendo el puerto. Tengo grabado con la cámara on board esa subida y no me canso de verla. Poco antes de coronar el puerto, sale otra carretera para entrar en Suiza a través del Umbrail, pero esa se quedó para otra vez.

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Cartel Paseo Stelvio

Cuando vi el cartel de “Passo Stelvio” lleno de pegatinas y con recuerdos de todos los clubes, tanto moteros como ciclistas, me emocioné un poco. Lo había hecho. Ahora quedaba disfrutar de la carretera de montaña más mítica de Europa: el lado sur del Stelvio.

Lado sur Stelvio
Lado sur del Stelvio

Es una carretera muy estrecha que se agarra a la ladera de la montaña como una montaña rusa, 48 tornantis sobre un precipicio y algo digno de ver. Da igual las fotos, los vídeos o lo que yo escriba, no se puede describir, hay que estar allí para vivirlo. Hice la cara sur 3 veces, subiendo y bajando, sólo porque podía y por disfrutar del momento y del sitio dónde estaba. Por supuesto, compré la pegatina de rigor para pegarla en la moto. ¡Qué se sepa dónde he estado!

Pegatina Stelvio
Pegatina del Passo Stelvio

A la hora de comer, decidí que las salchichas del puesto que hay en la cima me iban a saber a poco y decidí seguir a un grupo de moteros que bajaban hacia Trento. Evidentemente, se conocían el puerto (qué maravilla sería vivir cerca y subir cada fin de semana) y bajaban endiablados. Me enganché a ellos y les acompañé hasta Silandro, donde paré a repostar y a decidir qué hacer: podría seguir hacia los Alpes Dolomitas o ya ir hacia el sur y empezar la vuelta a casa. Ya conocía parte de los Dolomitas y me estaba quedando sin días de vacaciones, pero no quería irme sin por lo menos pasar por algún puerto de la zona, así que en Trento tomé la carretera de la Cima Palon para ir hacia Riva de Garda, a las orillas del enorme Lago di Garda.
En Riva de Garda paré a comer (más bien a merendar, por las horas) y despúes continué por la orilla oriental hacia el sur. Esta parte me recordó a las costas del Mediterraneo por el clima y la gente en la playa. En un par de horas había bajado desde la más alta montaña a lo que parecía la costa de Alicante o Almería, menudo contraste. Este sería un lugar dónde mi familia se lo pasaría de lujo: playa y montaña, todo en el mismo sitio y a gusto de todos.
Ya con el modo “vuelta a casa” encendido, hice noche en Brescia. Esa noche no dormí casi nada y eso se notó al día siguiente: me levanté casi a las once, y al preparar el equipaje me olvidé la bolsa de aseo en el baño. Si alguien pasa por Brescia, que me la recoja: es marrón y tiene dentro un gel de ducha, cepillo y pasta de dientes, unas tiritas que cogí por si acaso…
Al haberme levantado tarde, salí directo a la autovía y no paré nada más que a repostar hasta llegar a Niza, ya en Francia. Al pasar a Francia pude volver a comprobar cómo son las autopistas en Italia: desde Brescia a Ventimiglia hay 380 kilómetros y fueron 35 eurazos de peaje, y eso que al ir en moto es más barato. Me parece increíble, porque en comparación, cruzar toda Francia desde Niza hasta La Junquera creo que rondó los 20 euros en total, y son casi 200 kilómetros más. Ese día fue todo autopista y calor, y al final del día fueron 920 kilómetros recorridos. Es una buena tirada, pero no la más larga que he hecho en un día en moto. Hice noche en Figueres, y como cuando llegué ya era noche cerrada, paré en el primer hotel que vi, el President. Cuatro estrellas, con bañera de hidromasaje y casi todos los lujos. Qué contraste con otros sitios en los que había parado…
Y ya por fin el último día de viaje, después de 12 días fuera. Volví de nuevo por la autovía a Girona, Lleida y Zaragoza, no sin antes hacer un pequeño desvío: en la autovía de Girona llevaba puesto el GPS sólo por costumbre, porque había recorrido el mismo camino a la ida. Pero esta vez me fijé en la carretera que salía hacia Sant Hilari Sacalm y al ver cómo era no pude evitar desviarme… Hice la bajada desde Sant Hilari hasta Grions y volví a subir por Sant Feliu de Buixalleu hasta Bojons. Después de miles de kilometros por los Alpes, encuentro uno de los tramos más divertidos del viaje tan cerquita de casa. Me lo he apuntado para volver.
Lo demás fue autovía hasta casa, con calor y agobio. A las 6 de la tarde llegué a casa de mi madre, con 6093 kilómetros en el marcador de viaje, decenas de puertos de montaña, miles de curvas y la sonrisa más grande que he tenido en mi vida. Ya tengo ganas de repetirlo.

 

Apuntes para nuestro cuaderno de viajes: Pese a que la manera de viajar no sea la misma en muchas ocasiones, nos quedamos con la esencia de cada uno de esos viajes; tenemos que ir a las Rías Baixas, todavía tenemos pendiente Galicia… También nos encantaría conocer el Caribe, México, su cultura, sus playas y la cantidad de rincones increíbles que esconde. Hay un lugar muy cerquita de casa que tenemos pendiente desde hace tiempo, Cuenca y de este año no puede pasar. Y por último, ese viaje en autocaravana con la familia del que has hablado, es una idea que nos ronda la cabeza desde hace varios años.

¡¡MUCHISIMAS GRACIAS!!

Y vosotros ¿Sois grandes viajeros? Nos interesa vuestra historia, estaremos encantados de poder escribir sobre vuestros viajes y de haceros un huequito en nuestro blog. Si os animáis, poneros en contacto con nosotros a través del siguiente enlace de contacto o a través de cualquiera de nuestras redes sociales: Facebook, Twitter e Instagram.

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